Poco más de dos años ha. Casi 27 meses que soy residente legal del “vecino del norte”, como decimos en México. Y la vida cambia, que caray. Demasiado, para mi gusto y costumbre. Para bien, muchos me dicen. Temporalmente, me digo cuando extraño los sabores por tantos años conocidos o el inglés no sale con la fluidez necesaria que requiere el momento y se me “lengua la traba”.
Algunos días disfrutando de esta mi nueva experiencia de habitar un país del primer mundo. Viendo todas esas cosas que son mejores diferentes, donde hay más reglas sociales y más respeto por ellas. Dándome cuenta que los servicios públicos la mayoría de las veces funciona, o la gran vida cultural existente gracias a que el dinero no parece representar mucho problema.
Otros, lamantándo estar aquí porque extraño la fast-food mexicana (tacos-tortas-gorditas), o sorprendido por saberme diferente ante algunos ojos güeros, sintiendo que el color de piel me define hasta para el tipo de pensamientos que genera mi mente. Tampoco entiendo mucho del porqué es bueno tener armas en casa o que razones hacen validas las guerras contra “los malos”, entendido esto la más de las veces como los-que-no-son-gringos.
Lo curioso es que dentro de estas ideas encontradas, en medio de estas comparaciones que polulan en mi mente, hay similitudes entre mi persona y el país más poderoso del mundo.
También creo, como casi todos en USA, que el fútbol (soccer) no es lo máximo en la vida. Y además comparto con ellos la idea de que mi México esta en uno de su más terribles momentos. Ellos se lo atribuyen, quizás, a la herencia latina hispana. Yo, a que hayamos permitido el regreso a quienes por 70 años lo jodieron, decepcionados del cambio que nos prometieron en el 2000 otros iguales a ellos.
En fin, que por hoy estoy aquí. Por hoy son emigrado. Que así sea.

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